
-¡Perro con perro jauría!- se escuchó gritar al hombre, quien tomó al cachorro recién nacido y lo puso entre las ovejas. Cansado de la muerte de los corderos provocada por los perros guachos.

“Así me reconozco, viajero, arqueólogo del espacio, tratando vanamente de reconstruir el exotismo con la ayuda de partículas y residuos. Entonces, insidiosamente, la ilusión comienza a tender sus trampas. Quisiera haber vivido en el tiempo de los verdaderos viajes, cuando un espectáculo aún no malgastado, contaminado y maldito se ofrecía en todo su esplendor. En fin de cuentas soy prisionero de una alternativa: o antiguo viajero, enfrentado a un prodigioso espectáculo del que nada o casi nada aprehendería, o que, peor aún, me inspiraría quizá burla o repugnancia; o viajero moderno que corre tras los vestigios de una realidad desaparecida. Ninguna de las dos situaciones me satisface, pues yo, que me lamento frente a sombras, ¿no soy impermeable al verdadero espectáculo que toma cuerpo en este instante, para cuya observación mi formación humana carece aún de la madurez requerida? De aquí a unos cientos de años, en este mismo lugar, otro viajero tan desesperado como yo llorará la desaparición de lo que yo hubiera podido ver y no he visto. Víctima de una doble invalidez, todo lo que percibo me hiere, y me reprocho sin cesar por no haber sabido mirar lo suficiente.
Largo tiempo paralizado por este dilema me parece, sin embargo, que el remolino comienza a entrar en reposo. Formas evanescentes se precisan, la confusión se disipa lentamente. ¿Qué ha ocurrido, sino la huida de los años? Arrollando mis recuerdos en su fluir, el olvido ha hecho algo más que desgastarlos y enterrarlos. El profundo edificio que ha construido con esos fragmentos de a mis pasos un equilibrio más estable, un trazado más claro a mi vista. Un orden ha sido sustituido por otro. Entre esas dos escarpas, ahora a distancia, mi mirada y su objetivo, los años que los desmoronan han comenzado a amontonar sus despojos. Las aristas se afinan; paneles enteros se desploman; los tiempos y los lugares se chocan, se yuxtaponen o se invierten, como los sedimentos dislocados por los temblores de una corteza envejecida. Tal detalle ínfimo y antiguo, surge como un pico, en tanto que capas enteras de mi pasado sucumben sin dejar huella. Acontecimientos sin relación aparente, que provienen de periodos y regiones heterogéneos, se deslizan unos sobre otros y súbitamente se inmovilizan con la apariencia de un castillo cuyos planos parecerían haberlos elaborado un arquitecto más sabio que mi historia. “Cada hombre –escribe Chateubriand- lleva en sí un mundo compuesto por todo aquello que ha visto y amado, adonde continuamente regresa, aun cuando recorra y parezca habitar un mundo extraño” Desde entonces, el acceso es posible. De una manera inesperada, entre la vida y yo, el tiempo ha tendido su itsmo; fueron necesarios veinte años de olvido para encontrarme frente a una experiencia antigua cuyo sentido me había sido negado y su intimidad arrebatada por una persecución tan larga como la Tierra”
Claude Lévi-Strauss, Tristes Trópicos, 1988.
Formosa es como un pedazo de tierra sin tiempo, un rincón colgado precariamente del mapa…
Es marrón y verde oscuro y amarillos muy pálidos y toda la gama de los ocres.
Está sucia, con mocos colgando, llena de piojos, descalza, media ciega, lampiña y lacia, desdentada, vestida de colores, de piel dura y oscura, de ojos grandes y negros.
Es de adobe y ramas y plásticos y todo lo que se encuentre es habitado, y todo lo habitado es encontrado.
Es monte, espina, bañado, palo santo y algarrobo, arcilla y arenal, chaguar al sol. Es ojos, animal salvaje y acechante, luna llena y desesperación.
Es olvido y fracaso, resistencia y obstinación, costumbre y cobardía, silencio y corrupción, ultraje y supervivencia, elección y castigo.
Es camino, cerrado más que abierto, poseado, intransitable, cargado de espinas, lleno de polvo y de vacas y burros y cabras y bicicletas, con surcos y huellas, con atardecer.
Es bañado, río desbordado, sequía, aguada temporal, agua estancada podrida sucia enferma, agua que da y que quita, ciclotímica y visceral.
Es charqui, coca, guardamonte y sombrero, caballo y faena, arrugas y más olvido. Es soberanía.
Formosa es una realidad paralela, una dimensión perdida y encontrada, un portal de activación interna, la conexión con todas las cosas, el aprendizaje de la superviviencia, la reafirmación de una vocación irrevocable, la conexión con todos los cuerpos, el afile de los sentidos, el rescate de miradas perdidas, la vuelta a la animalidad, la pretensión del camino, la osadía de encontrarte, lo ensordecedor del silencio, el adobe de nuestras paredes, la vibración perdida de algún pasado (y de todo el futuro), el polvo de lo andado, todo lo descubierto, el despertar de la pulsión, el regalo de otras lenguas y otros sonidos: la vida fragmentada resignificada herida de muerte huérfana sin hogar ni tiempo…y hambrienta de todo eso para siempre.

"El concepto de viaje comenzó a incluir una gama cada vez más compleja de experiencias: prácticas de cruce e interacción que perturbaron el localismo de muchas premisas tradicionales acerca de la cultura. Se concebía la residencia como la base local de la vida colectiva, el viaje como un suplemento; las raíces siempre preceden a las rutas. Pero ¿qué pasaría si el viaje fuera visto sin trabas, como un espectro complejo y abarcador de las experiencias humanas? Las prácticas de desplazamiento podrían aparecer como constitutivas de significados culturales, en lugar de ser su simple extensión o transferencia.
Los centros culturales, las regiones y territorios delimitados, no son anteriores a los contactos, sino que se afianzan por su intermedio y, en ese proceso, se apropian de los movimientos incansables de personas y cosas, y LOS DISCIPLINAN"
(James Clifford, Itinerarios Transculturales)
el pecho cerrado, el esternón pesa más de la cuenta, se sienten los pulmones, las bolsas cuando se inflan, respirar fuerte, hondo, como si fuera a sumergirse en el agua, y exhalar fuerte, con sonido, con suspiro, con cansancio, las piernas acalambradas, los tendones tiesos, la pierna derecha se mueve hasta durmiendo, burbujas en todo el cuerpo, burbujas en las yemas de los dedos, la espalda dura, tensa, apretada y haciendo fuerza para sostener, para no caer, las manos apretadas y apretantes para disimular el temblor, las manos comidas y secas y cuarteadas, heladas o transpiradas, con espinas, y la panza inconstante, con vida propia, tendiendo trampas y sonidos, sin hambre, con las tripas acurrucadas, llena de mariposas, y la cabeza no está, se arrancó de cuajo, hay una nube en su lugar, el cielo lleno de aviones y de sonidos y de todo el olor…
y en el medio de todo esto ver un hilo elástico que creía muerto empezar a crecer desde el fondo del pecho

manos que inventan mundos, que construyen la casa y el camino, que sueñan con ventanas abiertas, que cierran puertas y abren esperanzas…
manos que moldean el silencio, que flotan los recuerdos, que espantan el dolor, que tocan los múltiples cuerpos, que tocan las múltiples almas, que tocan…
manos que alcanzan la luz: que dan calor, que golpean, que consuelan, que tallan, que huelen, que trabajan, que agarran, que escriben, que quitan, que esperan, que acarician, que destruyen, que levantan, que matan y que resucitan…
olor a arcilla fresca
